Y crucé la calle.
Fui directo hasta la estación del subterráneo.
Miré el reloj, noté que aún tenía tiempo para un nuevo cigarrillo.
Lo prendo. Lo disfruto.
Disfruto fumar en la esquina de calle 1 y calle 2, en una ciudad X.
Observo detenidamente cómo pasa la vida frente a mis ojos,
representada en miles de formas.
Personas apuradas, tal vez están llegando tarde a sus obligaciones.
Personas que caminan sin prisa,
porque deciden invertir en su tiempo el disfrutar de un paseo.
Autos, decenas de ellos, colectivos, camiones, aviones en el cielo.
Todo parece marchar normal.
De repente, en una milésima de segundo,
todo movimiento se reduce a la lentitud con la que camina una tortuga.
De repente, todo aumenta a la velocidad con la que arrasa un tornado.
Y, luego, todo vuelve a su normalidad. A su ritmo.
Aquellos que corren, aquellos que caminan lento.
Los autos y los colectivos que apresurados están por llegar a destino.
Todo vuelve a su tiempo.
Vuelvo a mi cigarrillo y noto que ya está consumado.
Me dirijo a mi destino. Pago mi tarifa y busco un asiento.
Alrededor, personas. Muchas personas. Muchas historias.
Muchas historias encerradas en un mismo vagón.
Las escucho. Quieren hablar. Quieren ser escuchadas,
compartidas a alguien más, a desconocidos.
Todas cuentan sus dramas, sus pasiones, sus ilusiones,
sus partidas y sus llegadas.
Van y vienen en el aire. Danzan entre ellas. Se entrelazan. Juegan.
Se ríen, lloran.
Regresan a su dueño.
Regresan para seguir siendo escritas.
Cada historia termina con puntos suspensivos.
Se dejan a las manos del destino.
Miro en qué estación estoy y tengo ya que bajar. He llegado a mi destino...
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