Escribo. Pienso en todos los vinos que tomaría y en todos los porros que fumaría por placer de vivir. Por supuesto que no me tomaría todo ni me fumaría toda la marihuana en un sólo día, trato de que el disfrute sea un poco cada día, la ración justa para poder volar y sentir cómo las cosas van perdiendo su peso y se me alivia la espalda, sentir cómo fluyen la sangre por mis venas, los latidos de mi corazón, cómo funciono. Cómo soy y cómo me siento. Cómo me siento a veces muy feliz y cómo a veces me pega para el orto, para el bajón. Maldito bajón. Nada es perfecto, si sucede conviene, bla bla bla.
Rock, malditos rockanroles que suenan en la radio de hoy. Y él simplemente baila, baila por las calles de esta libre y vanidosa ciudad. Te amo y te odio, Buenos Aires.
Gracias naturaleza por ser mi madre primera. Gracias por existir todos los días de mi vida, y yo por existir todos los días de tu vida. Me gusta tocarte y sentirte en esa brisa de mañana, en los cantares de los pájaros que se encuentran escondidos en los árboles, en el olor a tierra mojada esos días lluviosos, en el llanto de todos los bebés del mundo que sacan de quicio a las personas pero que a mi me llena de vida y de felicidad por sentirme y sentirlos vivos. De poder conectarme con otros humanos y sentir su piel contra la mia, completamente erizada, enamorarme, llorar, reir, vivir. De ser alguien, de ver, de poder percibir esa luz mágica que emanan las personas mientras estoy sentado en el banco de la plaza y soy uno más. Gracias.
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